Micosis (VI) - Entrega final
La habitación de Hospital Posadas le traía recuerdos de su niñez, nuevamente, de cuando venía con su vieja a mirar como ella curaba a los enfermos. Ser el único hijo de una enfermera histórica en una pequeña ciudad le aseguraba buena atención. Ya no sentía picazón en ningún lugar de cuerpo y tenía la conciencia embotada. Le habían dado algo. Estaba de cara a la ventana, contra una de las paredes de la sala. Cerró los ojos. Los sonidos le llegaban desde lejos; los pasos en el pasillo, la puerta abriéndose, hasta las voces de los médicos parecían venir de una radio a válvulas, distorsionadas, sucias, inhumanas. Escuchó que hablaban de la biopsia. Eran una mujer y un hombre que discutían acaloradamente. Ella proponía la cuarentena inmediata hasta saber qué poder de contagio tenía la infección, él contestaba que eso era psicosis pueblerina, que simplemente estaban en presencia de un enfermo mal tratado o acaso, directamente, al que nunca se había suministrado ningún medicamento antes. Le costaba seguir la conversación, por momentos lo alcanzaban oleadas plenas, por momentos se adelgazaban las palabras hasta volverse un murmullo inaudible tras el pulso constante del cardiógrafo. En cambio, a la enfermedad sí la sentía como un bullicio dentro, al fondo de su persona. Una innumerable vida lo poblaba pero para eso debía exterminarlo. Sabía que había avanzado durante el día, la sentía en el pecho, en la base de la nuca, detrás de los ojos. Prefería imaginarla (cosas de los fármacos) como una civilización, un imperio que conquistaba implacablemente un territorio tras otro de su cuerpo continental. Giró en la cama para escuchar mejor a los doctores. Ellos no se percataron que estaba consciente y siguieron su debate, que había pasado a otros temas. Domínguez creyó distinguir las voces, pero no estaba seguro. Repentinamente ella dijo “¡Lo trataremos con un spray con econazol!” y él, con un tono aflautado y lascivo respondió, “Preferiría que fuese una crema”. Entonces los reconoció, abrió los ojos y vio las dos enormes humanidades de los dermatólogos en el centro de la sala, discutiendo entre sí, con la piel cayéndose a pedazos como si estuviesen leprosos. Tenía que huir. Intentó pararse de la cama, pero su cuerpo era gelatinoso y los huesos parecían habérsele disuelto. Sólo consiguió que un temblor lo recorra como a una medusa pateada por un chico en la playa. Los doctores gritaron a coro “¡Nuestro estimado enfermo ha despertado, es tiempo de la terapia!”. Sacaron las manos de los bolsillos y estaban enguantadas, con guantes de látex.
Lo despertó su propio grito. Aún estaba mirando la ventana. Afuera, el viento mecía los plátanos. Giro sobre su eje. Los doctores se habían ido ya. Aguardó que alguna enfermera acudiera, pero fue en vano; nadie parecía haberlo escuchado. Como pudo se sentó en la cama y se miró las palmas que, quién sabe porqué, estaban impecables, intocadas por la enfermedad. La habitación era borrosa. Se pasó las manos por el rostro deformado por las pústulas de los hongos: una venda se humedecía en su barbilla y no tenía puestos los anteojos. Recordó que habían caído en el porche y deseó que los médicos los tuviesen, porque el marco era regalo de su madre.
Le molestaba la garganta. Carraspeó inútilmente: nada salió, más bien se atoró más. Quiso toser pero no pudo, algo estaba obstruyendo su garganta, algo que prefería no pensar qué sería. Empezó a asfixiarse. En un esfuerzo desesperado, contrajo su pecho y finalmente expulsó un enorme gargajo azul, que fue caer, veteado de sangre, en medio de la pieza. Domínguez miró el techo y respiró a pleno pulmón durante un rato. Había estado muy cerca de la muerte. Cuando volvió a mirar al escupitajo le pareció que se movía. Creyó que alucinaba de nuevo, pero estaba perfectamente despierto. Algo había ahí, entre su saliva y su sangre. Poco a poco, la cosa fue enderezándose. Entonces lo reconoció: era un pitufo, aunque sin los anteojos no pudo saber si se trataba de Tontín o de Gruñón (¿y ahora?).
Lo despertó su propio grito. Aún estaba mirando la ventana. Afuera, el viento mecía los plátanos. Giro sobre su eje. Los doctores se habían ido ya. Aguardó que alguna enfermera acudiera, pero fue en vano; nadie parecía haberlo escuchado. Como pudo se sentó en la cama y se miró las palmas que, quién sabe porqué, estaban impecables, intocadas por la enfermedad. La habitación era borrosa. Se pasó las manos por el rostro deformado por las pústulas de los hongos: una venda se humedecía en su barbilla y no tenía puestos los anteojos. Recordó que habían caído en el porche y deseó que los médicos los tuviesen, porque el marco era regalo de su madre.
Le molestaba la garganta. Carraspeó inútilmente: nada salió, más bien se atoró más. Quiso toser pero no pudo, algo estaba obstruyendo su garganta, algo que prefería no pensar qué sería. Empezó a asfixiarse. En un esfuerzo desesperado, contrajo su pecho y finalmente expulsó un enorme gargajo azul, que fue caer, veteado de sangre, en medio de la pieza. Domínguez miró el techo y respiró a pleno pulmón durante un rato. Había estado muy cerca de la muerte. Cuando volvió a mirar al escupitajo le pareció que se movía. Creyó que alucinaba de nuevo, pero estaba perfectamente despierto. Algo había ahí, entre su saliva y su sangre. Poco a poco, la cosa fue enderezándose. Entonces lo reconoció: era un pitufo, aunque sin los anteojos no pudo saber si se trataba de Tontín o de Gruñón (¿y ahora?).


10 Comments:
y ahora que venga gargamel y arregle el asunto
Guza: Garga lo único que tenemos es Gargajo... sirve igual?
Y con la suerte que tiene Dominguez, ahora salen los otros 27 pitufos, los 7 enanitos y un dragón y se lo enfiestan, y todos son sifilíticos.
Gaya: Ya la suerte de Domínguez no me corresponde... Y para los que decían que era un relato autobiográfico, jamás escupí un pitufo!!
AAHHH NOOOOOO...
ESTE ES EL FINAL???
Nono, no me gustó. A la hoguera. Si total, ya estás muerto, qué tanto drama.
Ña Picha: Eso le pasa por pedirle peras al olmo!!
Usté se esperaba algo decente de mí??
No, no hay caso, no tengo cura.
y ahora aparece el chapulin colorado, le da una pastilla de chiquitolina y Dominguez se vuelve un pitufo mas..no contaban con mi astucia !!
Don Zita, le dejé un saludo especial en mi blog. Cuando quiera puede pasar a buscarlo.
una vez más te lo digo...so grossssso sabelo.
aplauso para el asador se diría?
:-)
volvi para comentar, para q sepa, no más que me lei las 6 entregas de su cuento, justito cuando salian del horno; pero me he reservado para el final el comentario.
Y la verdad, como dije cuando comente antes (creo q lo dije) me sorprendes!!!
definitivamente espectacular!
un saludo!
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